jueves 8 de marzo de 2007

Silencio de Luna

I

Luna pensaba que estaba sola...

A su alrededor el silencio se eleva hasta la parte más alta de lo infinito. La noche ha tomado por asalto su alrededor. En el cielo las estrellas centellan como pequeñas luciérnagas, desde cuyos vientres brotan luces blancas. Está confundida. La dificultad de entender el porqué de las cosas se hace cada vez más espeso, pegajoso e insoportable. Ella y su soledad. Ella y sus miles de preguntas que le golpean sin tregua la cabeza. Luna piensa que sería más fácil juntar el agua con el fuego en convivencia armónica, a que ella pueda escapar de su soledad. Desde el mar llega el viento salado y fresco. Los aullidos de un perro (que siente una atracción incontenible por Luna) intentan romper el silencio. Luna sonríe contemplando aquel acto, pero nuevamente el silencio lanza una bofetada a sus oídos. El can no ha soportado el cansancio; la derrota es inevitable. Luna llora, llora mucho…


II

Una noche más. Luna ha decidido cubrir con oscuridad un pequeño fragmento de su rostro y escapar al desierto, porque le resulta insoportable la soledad ante tanta gente. En realidad todo es desierto, inclusive la ciudad es un desierto enorme. Todos son granos de arena o tal vez granos de nada, no existen, nada existe. El can no ha vuelto a aparecer con sus aullidos frescos y elegantes; quizá no fue una alucinación verlo caer pesadamente sobre el suelo, sin mostrar indicios de respiración…

III

Ahora la mitad de su rostro lleva un velo negro. Luna ha decidido no pensar más. Esta noche ha escogido la orilla de la playa como lugar de refugio. El perfume de sal impregnado en el viento llega con suavidad hasta el contorno de su rostro. Los caballitos de totora descansando sobre la arena de la playa (como juguetes de hombres que resisten a dejar de ser niños) despiertan ternura en su alma. Durante la noche, el mar se convierte en un gran espejo en el que ella puede verse reflejada. Luna imagina que ese reflejo es otro ser idéntico a ella que ha decidido acompañarla en su soledad. El mar sonríe en sus olas cargadas de espuma. El silencio intenta invadirlo todo, casi todo; y digo casi, porque Luna ha percibido un silbido agudo que proviene de una cueva originada por dos rocas enormes que se hallan recostadas una a la otra…


IV

Inevitable volver esta noche a la playa. Aquellos silbidos despertaron la curiosidad de Luna, que ahora yace atenta a aquella cueva. El velo que ahora lleva sobre su rostro, tímidamente deja entrever la luz de sus ojos. El color de la noche, debido a este detalle (que a Luna le tiene sin cuidado), ha logrado tener más fuerza. Luna mira atenta; sus ojos pequeños se han vuelto aún más pequeños a voluntad, porque hace esfuerzos inmensos por ver con mayor claridad la pequeña silueta que yace moviéndose en el interior de la cueva. El silbido de aquel pequeño ser se cuelga del viento y va a parar a sus oíos. Es extraño. Ella no sabe porqué tal melodía le produce tanta tristeza; pero ha descubierto que ello tiene algo que le es familiar. De pronto, sin que ella siquiera lo esperase, aquella silueta fue moviéndose con lentitud (cavilando, temeroso) hacia la entrada de aquel refugio; una vez en el umbral, detuvo su paso y se quedó allí estático hasta el amanecer…

V

Esta vez Luna ha decidido cubrirse el rostro por completo y se las ha arreglado para poder ver a través de la tela transparente de su velo. Con los ojos fijos sobre la entrada de la cueva, está decidida a saber quién es el causante de aquellos tristes silbidos. Pasa una hora, otra, otra, otra y otra más. El pequeño ser no ha decidido salir aún de su escondite. Luna está impaciente. Ya en diferentes oportunidades, de aquella noche, se había hecho a la idea de que jamás sabría la identidad de quien se había convertido en el objeto de su curiosidad. Le abrumaba la idea de que en realidad no existiera, de que aquella silueta que veía en el interior de la cueva, fuera en verdad un mero espejismo en el desierto de su inmensa soledad.

Durante el transcurso de las horas, sin que se diera cuenta, el viento la había empujado con lentitud hacia la parte posterior de la cueva. El sueño le invitaba a cerrar los ojos. Una hora más de espera. Nuevamente, la incertidumbre y la idea de abandono…

VI

Ya estaba a punto de tirar al tacho sus intenciones, cuando sintió que los silbidos, que seguía trayendo el viento, se iban haciendo cada vez más nítidos, claros. Indescriptible aquella expresión en el rostro de Luna (no me atrevería ni siquiera intentar hacerlo), cuando por fin vio aparecer la figura completa del pequeño que ahora yacía fuera de la cueva. “je”, sonrió Luna. Le resultaba gracioso ver al pequeño con su sombrero enorme cuya copa terminaba en punta, su esmoquin negro salpicado de lentejuelas doradas, su pantaloncillo del mismo color y sus zapatos de charol, en cuyas pasadores pendían sonoros cascabeles plateados…

VII

Aunque era gracioso verlo, la expresión en el rostro del pequeño resultaba siendo para Luna toda una contradicción. Aquella tristeza tenía connotaciones de diversos tipos (tristezas profundas), que se resumen en un concepto diferente: la soledad.

VIII

Era algo en común: la soledad. Tal vez por eso a Luna le llamó la atención aquel silbido, que en realidad era un himno a ese estado de ausencia.

IX

Ahora uno frente al otro (para el duende le era incomprensible el porqué su rostro se había tornado del resplandor del que estaba revestida aquella extraña dama, que ahora lo miraba con atención). El silencio parecía decirlo todo. Las profundidades de sus miradas terminaron convirtiéndose en palabras. Luna había descubierto su rostro y dejaba que el pequeño la contemplase. Sonreía. Los dos sonreían. Era la primera vez en que ambos sonreían de esa manera…

X

El sol reclama su lugar en el cielo. Y aunque ambos quisieran detener el tiempo, tienen que renunciar a su propósito. La última mirada, la última palabra sin fonemas. Nuevamente la ausencia y la apertura del silencio. Pero ahora ambos saben que ese silencio no será más la soledad.

Caja de duendes


Hoy es la primera vez que decido escribir por mi propia cuenta. Estoy cansado de escuchar a las personas decir que soy un escritor. La verdad, antes de esto, no he producido nada de lo que la gente piensa que he escrito. Hoy, por primera vez, he decidido tomar un lápiz a fin de aventurarme a confesar y negar lo que se piensa de mí. ¡No soy un escritor, mucho menos un poeta! Cuánto daría yo por ser la mitad de lo que se comenta.

Discúlpenme todos por desilusionarlos, aquellas historias que han leído, y que han aparecido firmadas con mi nombre, no me pertenecen. Yo simplemente las plasmé en una hoja de papel; ha habido siempre alguien a mi lado que, con su paciencia de anciana, me ha dictado palabra por palabra y corregido cada una de mis equivocaciones. Estoy un poco triste, pero es la verdad y no se puede escapar de ella.

Sé que la gente jamás la ha visto, pues suele aparecer justo en los momentos en que me encuentro solo. Siempre llega con una expresión meditabunda en su rostro y trayendo entre sus manos a su inseparable “Caja de Duendes”. La cual, según ella, le ha sido encomendada desde tiempo antaño por un grupo de pequeños seres; y de donde siempre extrae las historias que me obliga a escribir.

Tal vez se preguntarán extrañados porqué no huyo de ella, si tanto me molesta su presencia. Aunque no me lo crean, confesaré que ya lo he hecho en innumerables ocasiones, pero, inclusive en el lugar más apartado al que he ido, siempre ha logrado dar conmigo; y no me ha quedado otra que caminar junto ella por las calles a altas horas de la noche o simplemente, soportar sus momentos de insomnio en mi habitación.

A veces pienso que tenerla a mi lado, no es tan terrible que digamos, pero hay instantes en que la desesperación suele ganar espacio; como cierta madrugada que despertó de mal humor y me obligó a escribir muchas páginas de una historia que me asustó muchísimo, todo porque su bendita Caja de Duendes se cayó al suelo, mientras ella dormitaba con su rostro hundido en mis cabellos.

A veces me da tanta tristeza verla en mi habitación con su rostro desencajado, acariciando siempre su pequeña caja de bordes dorados; es que hay momentos en que no soporto su insistencia y la ataco con palabras duras e inclusive con mi indiferencia o sueños obligados, que a menudo terminan siendo todo un fracaso. Por ejemplo, en estos momentos, se encuentra sentada sobre mi cama, mirándome con una expresión de sorpresa. No quiero dirigirle la palabra. Hoy he decidido plasmar estás líneas antes que ella, sin importarle mis reclamos, abra la tapa de su entrañable Caja y me obligue (como supongo que lo seguirá haciendo durante toda mi vida) a escribir una historia más.


Un ser pequeño en la luna

La explosión fue tremenda; no hubo quienes se salvaran de tan funesta catástrofe. Un desquiciado fue el causante de la activación y envío de las bombas atómicas y de nueva tecnología, muy poco conocidas, que por mucho tiempo los países primer mundistas se negaron a neutralizarlas. Aquel hombre, cuya identidad quedará suspendida en el desierto de esta tierra en la que habitaron seres humanos que se consideraron por mucho tiempo superiores, había sido capaz de sincronizar todos los artefactos que se hallaban ubicados en diferentes puntos estratégicos del mundo, y desde una pequeña cabaña en la amazonía peruana dio la orden de despegue. La atmósfera, después de la detonación de las bombas, se cubrió por completo de una masa compuesta de ceniza y arena suspendida, así como de otras sustancias que por muchos milenios no permitió la aparición de ningún ser biológicamente hablando, a menos que no lo sea...

Jalevi había notado, después de dos milenios de oscuridad, una veta de luz en la zona sur del Continente. Jalevi -quien en realidad nunca había sido un ser humano, sino más bien un duende kuwalden-, había comprendido que la masa que estaba suspendida en la capa de ozono, lentamente, se estaba asentando sobre la superficie terrestre.

Aquella veta de luz, a pesar de lo débil que irradiaba, hacía brillar las lentejuelas del pequeño traje de Jalevi Duende, que en realidad era así como se llamaba. Quien estaba a mucha distancia de aquel lugar en la que el cielo se adornaba de aquellos rayos atrayentes, pero gozaba con lo poco que podía lograr de ellos. Caminó lentamente haciendo sonar los cascabeles que colgaban de las amarras de sus zapatos puntiagudos hasta posarse sobre una inmensa duna de arena blanquísima. A decir verdad, todo el planeta era un desierto de arena blanquísima. El efecto de las bombas había sido devastador; inclusive las rocas sólidas que se hallaban sobre la tierra, fueron desintegradas a pequeñas partículas.

Una vez ubicado sobre el montículo de arena, cruzó las piernas y se dejó caer de espaldas sobre éste. Un suspiro hizo hinchar por breves segundos su pecho, mientras que una lágrima recorrió su mejía izquierda hasta caer lentamente a la superficie. Cerró los ojos, sintió de pronto que un vientecillo, como una caricia, recorrió su rostro. Estaba sólo, lejos de todos aquellos duendes que decidieron desterrarlo por ser diferente a ellos. Aunque cabe decir que aquello no era la causa principal de su tristeza. Después de haber transcurrido unos minutos, abrió nuevamente los ojos; de pronto le pareció que la veta de luz no estaba tan lejos como cuando los había cerrado. “Bah…, debo estar alucinando”. Después de acomodarse su gorrita -en forma de embudo-, volvió a entregarse al sueño. Las lentejuelas de su traje, sin que él se diera cuenta, a medida que pasaba el tiempo, iban adquiriendo aún más brillo; y Su rostro, como una lámpara, poco a poco, se iba tornando reluciente…

Un silbido se oye a lo lejos; Jalevi abre los ojos y mira hacia todos lados. Después de indagar hacia los diferentes flancos, se da cuenta de que aquella luz misteriosa yace sobre su cabeza. Un estremecimiento recorre su cuerpo. Es la primera vez, después de tanto tiempo, que algo lo atemoriza.

-¿Qué es lo que te sucede pequeño hombrecillo?- se escuchó una voz suave, tan suave, que casi destrozó el corazón del duende.

-¿Quién está allí?- preguntó Jalevi, sin poder controlar el temblor que se había apoderado de todos sus miembros.

-Soy yo- respondió la voz, proveniente del cielo.

Jalevi elevó con lentitud la mirada. Se sentía desprotegido, expuesto al peligro.

- No temas, no te haré daño- agregó la misteriosa voz.

El duende no podía creer lo que estaban viendo sus grandes ojos negros: era la luna, “sí, una luna enorme; enorme y pálida como la muerte”.

- ¿Cómo está, bella dama?, después de mucho tiempo, por fin la vuelvo a ver.

En el rostro del duende había surgido de pronto un color parecido al de la luna que ahora estaba sobre él. Dicen que los duendes suelen ser eternos enamorados de la luna; y que la luna, sólo prefiere a uno de entre todos ellos.

- ¿Cómo está, mi pequeño duende? Estuve sola por mucho tiempo, al fin he podido surcar este oscuro cielo y dar con usted.
- Yo también la extrañé mucho, mi hermosa dama.

El duende yacía sentado sobre la arena y en su rostro, sus labios se dieron forma para expresar su enorme alegría. De pronto, se puso de pie y, como ave que ha encontrado a su compañera, empezó a silbar y a danzar, haciendo sonar sus cascabeles. La luna, tras tomar la apariencia humana –Porque que la luna tiene la virtud de convertirse en ello-, descendió hasta la tierra y empezó a danzar junto él. Y así estuvieron por mucho tiempo, mirándose uno al otro, iluminando el gran desierto que se expandía hacia todas direcciones, hasta que lentamente ambos fueron ascendiendo hacia el cielo…

Con el paso del tiempo, la tierra entró en un proceso de descontaminación. Un grupo de humanos que habían sido enviados al espacio mucho antes de que ocurriera la catástrofe en el planeta, regresaron a él habiendo desarrollado aún más la ciencia y la tecnología, las cuales fueron aplicadas a fin de recuperarlo; logrando de esta manera que todo indicio de contaminación radiactiva fuera expulsada del planeta hacia el espacio exterior. Los hombres y mujeres que regresaron, trayendo consigo especies animales y vegetales recreadas en sus laboratorios, decidieron repoblar nuevamente la tierra, estableciendo como principio general para todas las generaciones: la preservación del planeta y de todas las especies sin excepción alguna.

El panorama en la actualidad es diferente a como lo vimos Jalevi y yo anteriormente, pero la gente de ahora no puede renegar de lo que posee. Y hasta tienen una hermosa luna en la que se puede ver claramente a un ser pequeñito danzando de alegría.